Si por alguna razón se corta la luz eléctrica, te quedas en tinieblas si no logras restablecerla. La oscuridad en la casa dificulta el libre tránsito; tropezamos por la falta de iluminación. De la misma manera ocurre cuando faltan el amor y la presencia de Dios en nuestro hogar. Cuando el amor y la presencia de Dios no están presentes, la casa se divide.
Por ejemplo, si alguien viene a tu casa a conversar y expresa desagrado hacia tu cónyuge, en ese instante debes aclararle que ustedes dos son una sola carne (Génesis 2:24) y exigirle una explicación sobre el origen de ese pensamiento. Pretende brindar amistad, pero promueve la división; lo mismo aplica si se refiere de forma destructiva a uno de tus hijos. Lucas 11:17 lo señala con absoluta claridad: «Todo reino dividido contra sí mismo es asolado, y una casa dividida contra sí misma, cae».
A menudo no nos percatamos de que la ira, el odio y la falta de perdón introducen división en el hogar. Cuando las cosas escalan hasta romper la unidad familiar, las personas suelen afirmar que ignoran lo sucedido. El amor y la presencia de Dios deben habitar y permanecer de forma constante en nuestro hogar, no de manera pasajera. Esto solo es posible cuando nuestro corazón está lleno de Él, pues de la abundancia del corazón habla la boca.
Mateo 7:24 enseña: «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca». Un hombre sabio preserva su hogar con el amor de Dios, lo cubre bajo la Sangre de Jesucristo, se mantiene vigilante, ora y ayuna. Entiende que ser cabeza de familia va más allá de proveer y cubrir gastos; implica una responsabilidad de la cual rendirá cuentas a Dios en su rol de mayordomo.
En todo momento debe estar preparado para guiar a su familia por el camino de la unidad (Salmo 133):
*Mostrarles los frutos del Espíritu Santo (Gálatas 5:22).
*Recordarles la necesidad del perdón (Mateo 6:14-15).
*Enseñarles a dejar de lado la vieja naturaleza (Colosenses 3:8-9).
*Eliminar toda palabra ofensiva de su boca (Efesios 4:29).
*Mantener el vínculo de la paz (Filipenses 2:1-2).
*Soportarse y perdonarse mutuamente, así como el Señor los perdonó (Colosenses 3:12-14).
Tu hogar es un territorio bendecido que no debe ser contaminado. Cuando el hogar se contamina, la vida espiritual de todos sus integrantes corre peligro. Recordemos que si alguien contrae gripe, tose y estornuda, inevitablemente contagiará a los demás si no se toman precauciones.
No permitas que la mundanalidad contamine tu hogar, porque este es territorio dedicado al amor y a la presencia de Dios. Evita el lenguaje negativo, las palabras soeces, la pornografía, los dobles sentidos, los chismes, la calumnia, el orgullo y la arrogancia, pues todas estas cosas obstaculizan la presencia de Dios en tu vida y en tu hogar.
Mantén un alto nivel de alabanza y adoración en tu casa, y permite que la oración preceda siempre cada uno de tus pasos.
Pastor Marcel Balootje
